Hospital de Quemados: la cámara hiperbárica puede acelerar la recuperación de miles de pacientes

Oscar Merbilhaa todavía llora cuando se acuerda cómo le salvó la vida a uno de los 60 jóvenes que llegaron quemados e intoxicados la noche en que Cromañón ardió.

“Estuve toda la madrugada dándole oxígeno con un resucitador manual”, dice y reconoce que 14 años después no puede evitar llorar cada vez que lo cuenta.

Oscar es cirujano del Hospital de Quemados, del barrio de Caballito. El joven al que le salvó la vida había llegado con muerte cerebral por el gas tóxico que soltó la media sombra del techo cuando se incendió.

“Esta cámara hubiese sido vital esa madrugada –asegura y señala una cabina circular de dos metros de largo que está en una sala del primer piso-. Porque la mayoría de los chicos que murieron fue por intoxicación. Y ésta cámara permite oxigenar la sangre rápidamente porque lo hace en un ambiente de mayor presión”.

Oscar se refiere a la cámara hiperbárica que el hospital acaba de sumar gracias a la donación del fabricante. Se trata de una tecnología que “inventó” una pyme familiar argentina, que se produce en el país, que se exporta a 35 países y que ningún hospital público local tenía.

Es más, el Hospital Ramos Mejía, en Balvanera, también recibió un equipo y se prepara para usarlo. Después se sumarán el Garrahan y el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez.

Con la incorporación de esta tecnología buscan que el sistema público de salud sume tratamientos que mejoran la evolución de heridas por radioterapia, quemaduras e implantes; y que favorecen la rehabilitación de enfermedades neurológicas, traumatológicas y reumatológicas.

Desde acelerar un tratamiento a salvar un miembro

Al Hospital de Quemados el equipo llegó hace dos meses y produjo una revolución. “Veníamos haciendo gestiones para incorporar este equipo desde hace cinco años”, cuenta Mercedes Portas, jefa de Cirugía Plástica del hospital,

El anhelo tenía argumentos sólidos: la oxigenación de la sangre que logra en el paciente produce un cambio fisiológico en el cuerpo que favorece la recuperación de los tejidos de la piel. “Cuanto mejor respira una célula, el tejido quemado se va a recuperar mejor y más rápido. Porque con esa oxigenación crecen los vasos sanguíneos y hay mejor vascularización”, detalla Mercedes.

La cámara hiperbárica se empezó a usar en el tratamiento de quemados con fuego, agua, químicos y electricidad. También para mejorar las lesiones en la piel producidas por la exposición a radiación, como ocurre con pacientes oncológicos tratados con radioterapia.

Mercedes tiene 62 años y 39 de trayectoria en el Hospital de Quemados. Visitó muchos hospitales en el mundo y asegura que hay áreas de quemados con seis camas de internación y seis cámaras hiperbáricas. “Es que no solo acorta los tiempos de sanación, permitiendo un alta temprana, sino que en casos graves crecen las posibilidades de que una persona no pierda un pie, por ejemplo”, asegura.

En su hospital hay 70 camas de internación y por día atienden unos 180 pacientes: 65 mil a lo largo de todo año.

María Ramírez recurrió al hospital el mes pasado. Tiene 51 años, vive en Vicente López, es docente y llegó a la guardia desesperada: llevaba nueve operaciones en las que intentaron suturar, sin éxito, la herida por la que hacía un año le habían colocado un implante mamario. Antes, había pasado por 25 sesiones de radioterapia y finalmente una operación en la que le extirparon el seno.

“La piel no podía cicatrizar porque estaba lastimada por la radioterapia. Así que me sacaron el implante y empecé con las sesiones de oxígeno. Hice 18. Cambió el color de la piel y sanó. La doctora me dijo que cuando la piel esté todavía mejor me hará una cirugía para reconstruir el seno con grasa de mi abdomen”, cuenta María.

Cómo funciona la cámara hiperbárica

La cámara es una cabina circular de casi un metro de diámetro por dos de largo. Entra una persona acostada. Ese compartimiento se cierra herméticamente y un compresor lleva la presión atmosférica a 1,45, es decir un 45% más alta que la normal.

Una vez adentro, el paciente respira oxígeno por una mascarilla. Al inhalar oxígeno a presiones más altas que la normal, en el cuerpo se produce lo que se conoce como hiperoxia, que es el exceso de oxígeno en pulmones y tejidos corporales.

La hiperoxia desencadena beneficios fisiológicos en el organismo: estimula el colágeno, la inmunidad celular y las células madres; aumenta el éxito en los implantes; mejora la respuesta a los procesos infamatorios; y aumenta el desarrollo de vasos sanguíneos.

Este tipo de cámaras existían en el mundo, pero eran mucho más grandes, costosas y con una presión atmosférica mayor (arriba de 1,8), lo que la hace muy difícil de operar. Durante mucho tiempo, el Hospital Naval fue el único centro que tuvo ese equipo y el tratamiento estuvo orientado a las complicaciones físicas que pueden tener los buzos cuando salen a la superficie sin hacer las paradas que permiten ir descomprimiendo la mayor presión que hay bajo el agua.

Un desarrollo nacional que se exporta

“Lo que inventamos nosotros y es una novedad a nivel mundial es el segmento de cámaras de mediana presión, que no aplica para rehabilitar buzos pero ofrece todos los demás tratamientos”, cuenta Claudio Teler, dueño de BioBarica y donante de los equipos que empezaron a sumar los hospitales porteños.

Hace ocho años, Claudio, que es licenciado en administración de empresas, tenía una fábrica de plásticos en el partido de San Martín. Y tenía un hobbie: hacer sus propias máquinas. Por eso, en 2010 no dudó en crear una cámara hiperbárica móvil para un amigo que tenía un hijo autista y al que le habían recomendado que hiciera sesiones de oxígeno, pero no tenía dónde hacerlo.

“Con mi hijo Ivo desarrollamos la cámara, competimos en el certamen Buenos Aires Emprende y ganamos unos 3.000 dólares. Con ese dinero alquilamos un garaje en Villa Urquiza y decidimos fabricarla en serie”, recuerda.

En un año lograron que la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) certificara el taller y el producto. Y el 21 de diciembre de 2011 vendieron el primer equipo a un médico generalista porteño.

Desde entonces, empezaron a llover pedidos de todo el mundo. Es que la cámara que inventaron sale 35 mil dólares, menos de la mitad de lo que sale un equipo de alta presión. También es más fácil de operar, más segura (porque trabaja con menor presión) y transportable. Además, la sala donde se instala no necesita ninguna adaptación.

Vendieron 450 equipos, casi el 80% al extranjero. A casi todo América Latina; a varios países de Europa, principalmente a España; a Asia, por ejemplo a la India; a Irak y Kuwait, en Medio Oriente; a Sudáfrica y Egipto. En total, a 35 países, donde tuvieron que pasar por procesos de certificación, principalmente el CE, que permite entrar a la comunidad europea.

A Estados Unidos están a punto de ingresar: ya tienen avanzada la certificación ante la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA, por sus siglas en inglés).

Ese fenómeno hizo que la pyme familiar, radicada en Villa Urquiza, empleara a 15 personas e integrara una cadena productiva junto a 10 pymes que fabrican piezas especialmente para BioBarica.

“En Argentina vendimos unos 130 equipos. Muchos a consultorios particulares y a centros privados de casi todo el país. De hecho, tenemos nuestra propia red de centros. Pero queríamos que este tratamiento fuera accesible para quienes se atienden en el sistema público de salud”, cuenta Claudio y adelanta que las donaciones para el Garrahan y el Gutiérrez se materializarán el año que viene.

Un plan para trabajar en protocolos médicos locales

La medicina hiperbárica, como se llama a la que se consigue a partir del tratamiento con oxígeno a alta presión, tiene poca tradición en el país. Estados Unidos, Rusia, México y Japón, en cambio, son países con mucho recorrido.

“Las donaciones a los hospitales van a permitir hacer investigación y generar protocolos médicos nacionales”, adelantó Mariana Cannellotto, presidenta de la Asociación Argentina de Medicina Hiperbárica e Investigación.

Lo que ocurre es que las sesiones de oxígeno están indicadas para rehabilitación o tratamiento de enfermedades neurológicas, como autismo o parálisis cerebral; clínicas, como migrañas o fibromialgia; traumatológicas, como posquirúrgico o injertos; o reumatológicas, como artritis o artrosis. Pero en todos los casos se indican en base a investigaciones internacionales.

“En el Quemados vamos a hacer investigación y trabajar en tres protocolos: para quemados térmicos, para quemados por exposición a radiaciones y para pie diabético quemado”, adelantó Mercedes Portas, jefe de Cirugía Plástica del hospital.

Es decir, documentarán con detalle científico qué evolución se lograr gracias a la incorporación de sesiones en la cámara.

En el Ramos Mejía, en tanto, tienen la idea de trabajar en varios protocolos más: para pie diabético, heridas y tratamiento de osteopenia, que es una disminución en la densidad mineral ósea, que puede ser una condición precursora de osteoporosis.

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